Incendio en Valparaiso

ValparaisoLas parroquias de los Padres Columbanos en Chile están en los vecindarios más pobres y difíciles. Por todas partes alrededor de la ciudad de Santiago vi señales de la lucha diaria por sobrevivir. Las chozas de gente muy pobre se intercalan con construcciones más nuevas de apartamentos del gobierno que parecen a primera vista infinitamente mejor que las chozas aglomeradas de los más pobres.

Visité también los montes de Valparaíso devastados por los incendios. A mediados de abril del 2013, incendios destrozaron las chozas y las viviendas de los más pobres, unas 70 millas al oeste de Santiago. El Director Regional, misionero columbano, Padre Álvaro Martínez, me llevó a Valparaíso para ver la destrucción de su pueblo natal; pero más importante, para que experimentase el espíritu de la gente que estaba reconstruyendo, con ayuda que está llegando para aliviar este devastador desastre que terminó por llevarse todo de gente que ya tenía tan poco para empezar. Donde sea que miraba veía casas quemadas hasta los cimientos; barras de hierro fundidas en el intenso calor del incendio, montes vacíos de vegetación, o con arbustos quemados donde no había nada más que quemar.

Los Columbanos se mantienen solidarios con el pueblo de Valparaíso, ayudándoles a reconstruir sus casas aunque la ayuda internacional llega muy lentamente. Mientras pasábamos por los lugares destruidos que asemejaban un campo de batalla, vi mujeres cargando cuesta arriba materiales de construcción en sus espaldas ayudando a los hombres a reconstruir los terrenos desiertos, otras mujeres bañaban a sus pequeños niños enfrente de las ruinas de las que fueron sus casas, otras preparaban comidas para la comunidad en fuegos improvisados en las esquinas; y sobre todo, la mayoría de ellas llevaban consuelo y ánimo para no desfallecer ante las dificultades. En cada lugar donde una choza o casa había sido destruida y donde antes del incendio una familia se había albergado, ahora en su lugar se había puesto una pequeña bandera chilena. Ese mar de pequeñas banderas chilenas me recordó el ánimo, el consuelo y la fortaleza de las mujeres que están luchando por mantener su la comunidad y con ellas el espíritu de madres que con singular devoción tratan de mantener su familia junta, unida y segura a pesar del desastre sufrido.

The Columban parishes in Chile are in the poorest and roughest neighborhoods. Everywhere I looked there were the signs of the basic struggle of day to day life. The shanty style shacks of the very poor sit interspersed with newly developing construction of government apartments that appear, at first blush, to be infinitely better than the scrabbled together shacks of the impoverished.
I visited the fire ravaged hillsides of Valparaiso Chile. In mid-April last year, fires swept through the hillside shanties of Valparaiso, some 70 miles west of Santiago. The BBC reported that nearly 15,000 people were displaced by the fires and over 3,000 homes destroyed. Columban missionary and Regional Director Fr. Alvaro Martinez took me to Valparaiso, to see the destruction of his home town, but more importantly to feel the spirit of the people there as they work to rebuild as aid barely trickles in to provide relief for this massive disaster that has taken everything from an already impoverished people. Everywhere I looked homes were burned to the ground, reinforced metal bars melted in the intense heat of the fires, barren hillsides scorched as if when there was nothing else for the flames to consume, they devoured the very earth of the hills.

Columbans are standing strong with the people of Valparaiso, helping them rebuild their homes as international aid has been very slow coming. While we drove through the wreckage that so closely resembled a battlefield, I saw women, mothers who were hauling construction materials on their backs up the steep hills of Valparaiso to the men who labored to rebuild homes on barren burnt lots, they bathed their small children in front of the scorched remains of what used to be their homes, they prepared meals for the hungry working community over open fires on street corners, but most of all, they provided the comfort that comes only from a mother. Over each burned out home and filling the barren hills of Valparaiso, thousands of small Chilean flags fly, marking where a home should be and a family used to live. Somehow, I felt the flags represented those very mothers with their singular devotion to keep their family together and safe, in spite of the conditions.