La Hora Más Oscura

Por Padre Berry Cairns

Por Padre Berry Cairns

Sucedió 47 años atrás. Yo tenía 36 años y ¡estaba lleno de la energía de un misionero muy activo! o al menos eso es lo que creía entonces. Este periodo oscuro de mi vida está todavía muy vívido en mi mente, pero me tomó cinco años aceptarlo. Esta es mi historia.

Yo era párroco en Sakitsu en la isla de Amakusa en el sur de Japón. Mis feligreses eran hombres que salían en sus botes al amanecer mientras sus esposas no solamente cuidaban de sus familias sino que esperaban a que regresen los botes para escoger los peces y venderlos. Ellos eran desesperadamente pobres. Sus antepasados fueron cristianos por 400 años, y sufrieron una larga y cruel persecución. Yo amé esta gente y me llevé bien con ellos. Yo esperé quedarme con ellos por un largo tiempo.

Pasaron tres años y empecé a sentirme como que me faltaba energía. Así que fui al doctor y me diagnosticó “Kakke da”, que es “beriberi”. Una semana después, mientras yo estaba en un hospital en el continente para recoger medicina, me desplomé en la entrada. Estuve interno en el hospital por nueve meses. El primer mes oré mucho por mi curación; pero mi entusiasmo por la oración fue desapareciendo hasta culminar en esta escena que está muy viva en mi memoria. El capellán del hospital entró a mi cuarto vestido en sotana, alba y estola y empezó a decirme: “Su enfermedad es la voluntad de Dios”. En mi desolación le grité: “Salga de mi cuarto, yo no necesito de usted, ni de su religión, ni de su Dios”.

Pasé otros ocho meses más en el hospital, meses de oscuridad y profundo vacío. Después regresé a casa profundamente triste y confundido. Si no podía creer en Dios, ¿cómo iba a poder continuar como sacerdote, y aún más como misionero? Tengan en cuenta que a esta edad de 36-37 años, yo todavía consideraba que ¡ser un sacerdote misionero es tener actividad! Acepté el consejo de que antes de tomar una decisión le diera una oportunidad al sacerdocio activo y acepté la oferta de ser medio paciente y medio capellán en el hospital de las Hijas de la Caridad en Newcastle, Australia.

Un par de meses después llegó una epidemia de influenza al hospital. Yo estaba administrando la Unción de los Enfermos de 5 a 7 personas al día. Yo no soportaba ser un rígido funcionario que pintaba la frente con aceite; así que busqué algunos libros sobre los Sacramentos, especialmente sobre el Sacramento para los Enfermos. Me tocó fuertemente apreciar cuán maravillosa es la bondad y ternura que Jesús muestra por los enfermos hoy. A través de estas situaciones y experimentando la fe de otros, el don de la fe me fue dado otra vez. El sacerdocio y la misión tomaron un significado más profundo. Mirando atrás, esto es lo que mi hora más oscura me enseñó. La fe, la confianza y el llamado a la misión son un puro don; yo no puedo adquirirlo. La actividad misionera fluye de este don. Mi enfermedad y la oscuridad que me produjo me hicieron madurar como persona, como cristiano, como sacerdote, y como misionero. Después de todos estos años puedo dar gracias a Dios por la experiencia. Después de tres años en el hospital, me uní al personal australiano del seminario columbano donde pasé 13 años. Hace ya 31 años que regresé al Japón donde aún hoy sigo dándole la lucha.